La mesa que faltaba

Por Karina Miñano

Hubo una pregunta crucial que varios de nuestros nuevos lectores nos hicieron el pasado 20 de septiembre: «¿Está aquí?» . Acababan de comprar una de nuestras obras y les ofrecíamos una firma del autor. Su sorpresa me hizo recordar septiembre de 2025, cuando recorrí ese mismo mercado como visitante y escuché a varias personas preguntar: «¿Dónde están los libros en español?» Entre tantos puestos encontré unos pocos ejemplares antiguos, mezclados con los de segunda mano. Otras personas, como yo, buscaban literatura en español y tampoco encontraban lo que querían leer. Me quedé pensando en la mesa que faltaba.

En Países Bajos se habla español en muchas casas. Vivimos aquí y seguimos buscando novelas y poemas en nuestra lengua. Hay también neerlandeses que han aprendido español y quieren leer algo más que un manual. Muchas de esas personas no pueden elegir un título porque esos libros no llegan hasta ellas. Yo conocía a escritores que publicaban en español desde este país y, mientras volvía a casa, tuve la idea de reunirlos y llevar nuestros libros a la siguiente edición. Por entonces no existía la Asociación de Escritores Hispanos en Países Bajos. Un año después regresé al mismo lugar y no lo hice sola.

Se dice con bastante frecuencia que la escritura es un acto solitario. Y es verdad. Pero lo que nosotros, como asociación, estamos demostrando es que podemos construir comunidad cuando compartimos un mismo fin: dar visibilidad a nuestro trabajo literario en el mercado neerlandés.

Sara Montero aceptó organizar la participación tras decirme por teléfono: «No sé si me voy a arrepentir, pero lo hago». Y lo hizo bien. No estuvo sola, claro está; desde diferentes esquinas llegaron la ayuda y la ilusión de los autores. Ese día a las ocho y media de la mañana colocamos manteles, carteles y nuestras obras. Cuando terminamos de montar el puesto, había ante nosotros una mesa de libros nuevos en español, escritos por nuestros autores. Era la mesa que faltaba, la que imaginé el año pasado, y que, desde ahora, estará presente en la ILFU.

Nos preocupaba el precio. Ese mercado es conocido por vender ejemplares usados por muy poco dinero; los nuestros tenían precio de editorial. Nos arriesgamos. Más de uno pensó que tal vez no venderíamos nada. Sin embargo, la gente nos buscó. Se acercó, abrió los libros, leyó unas páginas. Cuando alguien escogía uno, le ofrecíamos una firma. Entonces llegaba la pregunta: «¿Está aquí?».

Estaba. Y esa respuesta cambiaba el tiempo que pasaban con nosotros. Los lectores se quedaban a conversar, pedían una dedicatoria, a veces una foto. Los escritores podíamos escuchar qué les había llamado la atención de nuestras portadas. Celebrábamos cada vez que uno de nosotros terminaba de vender sus libros. Para quien compraba, el nombre de la cubierta tenía una voz y una persona delante. Me gustó ver que algunas conversaciones continuaban después de la venta.

Y no hablo solo del público hispano. Se acercaron neerlandeses que aman el español y querían seguir mejorándolo mediante la lectura. Compraron títulos escritos en una lengua que eligieron aprender, por autores que viven en su mismo país. También vinieron lectores de otras nacionalidades. Varias personas se interesaron por la literatura infantil. Habíamos llevado algunos ejemplares; no bastaron para responder a ese interés. Esa inquietud ya había surgido incluso antes del evento, cuando contaba en la calle o en el tren que, por primera vez en la ILFU, habría un puesto dedicado solo a la literatura en español.

La difusión digital de nuestra participación jugó un papel importante. Lo comunicamos a través de nuestras redes, compartimos las publicaciones y enviamos mensajes a organizaciones amigas como Tierras Holandesas y otras asociaciones. Vivimos en un mundo donde la publicidad en redes es feroz. Invertir en anuncios fue necesario para llegar a un público hispano más amplio. Era una forma de sortear el algoritmo, que limita el alcance de nuestras publicaciones orgánicas. Pude confirmar que los anuncios nos habían ayudado cuando pregunté a algunas personas cómo se habían enterado de nuestra presencia.

Después busqué cifras porque no sabía a cuántas personas podíamos estar dejando fuera. Según el CBS*, a comienzos de 2026 vivían en los Países Bajos unos 56.800 residentes de nacionalidad española. Allí faltan los hispanohablantes de otros países y quienes tienen nacionalidad neerlandesa. En su Anuario 2025, el Instituto Cervantes estima unos 33.700 estudiantes de español, con datos de distintos cursos. Ninguna cifra dice cuántos leen literatura. En la ILFU empezamos a conocerlos por lo que nos preguntaban.

Al cerrar el puesto no quedaban casi ejemplares. Todos habíamos vendido a precio de editorial. Creo que la cercanía explica parte de ese éxito: los lectores podían llevarse la obra y una conversación con quien la había escrito. Esto distinguía nuestro puesto. Y lo más bonito, al menos para mí, fue la cara de sorpresa de los lectores al descubrir que los escritores estaban allí. Esa sorpresa no aparece en el recuento de ventas.

La mesa se vació y aun así hubo libros que faltaron. Hemos empezado a preparar la Feria del Libro Hispano para junio de 2027. Allí nuestras obras volverán a mostrarse. Y hemos visto que necesitamos llegar a más lectores. No basta con esperar a que ellos lleguen a nosotros. Entendemos que debemos estar donde ellos están. Eso significa buscar ferias y mercados en los que participar, llevar nuestras presentaciones a distintas ciudades, animar a más autores a unirse a nuestra asociación y trabajar juntos por llevar nuestro trabajo literario a las manos de esos lectores que nos esperan. Como escribió César Vallejo: «Hay, hermanos, muchísimo que hacer».

* Centraal Bureau voor de Statistiek, la oficina neerlandesa de estadística

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