Escribir en tiempos de ruidos

Por Luz Belén Mendizábal

En momentos de revelación, emoción o euforia, cuando el simple hecho de estar vivo nos
conmueve profundamente, algo parece empujarnos a tomar un lápiz, un bolígrafo o una
computadora para escribir.

Pero, ¿qué tan importante es escribir? ¿Y qué tan saludable puede ser?

La respuesta es: mucho más de lo que imaginamos.

Escribir nuestras emociones y plasmarlas en un papel puede ser profundamente sanador. De hecho,
es una práctica frecuentemente recomendada en terapia por los beneficios que aporta al bienestar
emocional. El acto de materializar nuestras ideas, ya sean positivas o negativas, puede conducirnos
a una enorme sensación de liberación, comprensión y claridad.

Y no es necesario ser un escritor profesional para hacerlo.

Hay pocas cosas tan auténticas e íntimas como escribir desde el corazón, especialmente cuando
creemos que nadie más leerá nuestras palabras. Así fue como empecé a escribir: solo para mí. Y, si
soy sincera, creo que aún lo hago. No existe para mí un momento de mayor honestidad que aquel en
el que me siento frente a una hoja en blanco y comienzo a escribir.

Sin embargo, hoy vivimos en una época en la que todos tenemos algo que decir, opinar o aconsejar
a través de las redes sociales. Pareciera que estamos más libres para expresarnos, pero también más
atados a las críticas.

Antes, las opiniones que recibíamos provenían principalmente de amigos o familiares. Hoy, una
crítica puede llegar desde cualquier rincón del mundo. Del mismo modo, nuestras ideas pueden
alcanzar lugares que jamás hemos visitado. Y aunque eso puede ser maravilloso, también puede
conducirnos a un abismo de frustraciones, inseguridades y arrepentimientos.

Entonces, ¿cómo evitar comenzar a dudar de algo que antes era tan saludable? ¿Cómo seguir
escribiendo cuando aquello que nos liberaba ahora puede generar batallas internas y externas?

Este es el mundo en el que vivimos. Un mundo que puede resultar desolador o, de la noche a la
mañana, convertirte en una persona influyente con millones de seguidores, simplemente por decir o
escribir aquello que las masas quieren o necesitan escuchar.

Y entonces surge otra pregunta:
¿Dónde quedó la autenticidad? ¿Dónde quedó la intimidad?

A veces parece que ya no escribimos para comprendernos, sino para mover masas. Y lo real, lo
profundamente humano, parece ser cada vez menos escuchado.

Hoy es tan fácil obtener respuestas, incluso para las preguntas más extrañas que podamos formular,
que apenas dejamos espacio para reflexionar. No hay tiempo para analizar, para respirar, para
habitar ese silencio que quizás sea una de las fuentes más valiosas de sabiduría personal.
Todos queremos compartir opiniones, consejos e historias que, en ocasiones, se vuelven
superficiales, excesivamente subjetivas o incluso demandantes. Vivimos rodeados por una especie
de capa invisible de creencias en la que todos parecen tener la razón, fragmentando cada vez más a
la sociedad en lugar de acercarnos unos a otros.

A veces, la mejor respuesta es el silencio.

Especialmente para una mente agitada, un cuerpo impulsivo o un corazón que late dentro de cada
uno de los más de ocho mil millones de habitantes de este planeta.

¿Cómo es posible que no escuchemos esos latidos? Todos resuenan con una cadencia semejante,
recordándonos que estamos vivos y profundamente conectados. Somos una inmensa orquesta de
corazones, creando una sinfonía que da vida a este hermoso planeta.

Quizás escribir sea realmente un gran poder.

Pero cada vez estoy más convencida de que su verdadero valor no reside en el resultado final, sino
en el proceso mismo.

Mujer viendo el atardecer desde la ventana
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