Por Serafín Vargas Guerrero
Tranquilos, que el final del libro aún no ha llegado. Eso sí, hay que asumir que ya no será igual a como lo conocemos.
Fetichistas y coleccionistas, vayan preparándose, porque este objeto de culto solo va a ganar valor agregado en los próximos años. El formato en papel está a punto de transformarse y dejará de ser el vehículo de conocimiento que conocimos para convertirse en el regalo.
¿Están destruyendo al libro? Mejor olvídense de Fahrenheit 451. En la posmodernidad no hacen falta hogueras, porque el fuego sagrado del mercado ya nos ofrece libros como si fueran empanadas.
Una intuición confirmada
Se aprende viviendo. A los adictos al empirismo les viene a la memoria la imagen de aquellos jóvenes aristócratas de los siglos XVII y XVIII que, para completar su formación, viajaban entre ruinas y ciudades antiguas, convencidos de que así entenderían mejor el mundo.
No sé si imitándolos, pero me lancé a vivir mi propia aventura al estrenarme en Sant Jordi, y salí de allí con una idea clara: la mayoría de la gente no iba a buscar literatura, sino un complemento para la rosa.
Daba igual si compraban a Bécquer o un manual de autoayuda titulado Cómo dejar de leer y ser feliz. Lo que importaba era el nombre, la presentación y la sensación que dejaba el objeto. Estuve horas observando a los clientes hojear portadas como quien prueba perfumes en el aeropuerto: sin hambre de leer, sin curiosidad, solo con ganas de encontrar algo que encajara en la foto de Instagram.
Paseé un rato, casi como un idiota, observando estantes para ver qué era lo más ofertado y lo más demandado. Entre los compradores vi muy pocas búsquedas temáticas. Nadie preguntaba: «Busco la última edición de Rayuela». A ratos se oía más bien. «Qué pena que la tapa no sea fucsia».
No era sorpresa. La mayoría de los libros que pedían trataban temas femeninos, minorías, sexo o crímenes. La novela histórica merecía mención aparte, porque arrasa allí donde aparece, quizás porque el pasado es el único lugar donde la gente cree que las cosas tenían sentido. Y que Jaime Bayly siga vendiendo… ¿Alguien me lo puede explicar?
Y luego estaba lo grotesco, la cantidad de escritores. En algunos lugares había más autores que lectores. Hablaré en pequeño, yo pensaba que conocía a todos los autores bolivianos. Error. Ni qué decir de otras nacionalidades. Había más libros que ojos.
Mientras los hombres pasaban desinteresados con su rosita y las mujeres buscaban el regalito, vi a muchos escritores desesperarse y lanzarse a ofrecer sus libros en voz alta, como en un mercadillo. Yo no me quedé atrás y, tirando de artes aprendidas en la infancia vendiendo empanadas, empecé a ofrecer lo mío.
Pero las damas pasaban, cogían un ejemplar, lo sopesaban, preguntaban el precio, lo dejaban y se iban a otro stand. Hasta que, rendido, me di cuenta de que lo de vender no era lo mío. Entonces me limité a contemplar aquella búsqueda del libro sacrosanto que, en realidad, no era más que un viaje al supermercado de lo superfluo.
El papel, el cadáver cojo
Quizá, para un escritor, no resulte tan interesante vender y firmar libros como participar en los eventos que se organizan alrededor de Sant Jordi. Recuerdo la tertulia organizada por Asteria Reyes, El futuro del libro, donde debatimos sobre el porvenir de lo que hacemos.
Allí lancé una pregunta al aire: ¿cómo es posible que se hable de la agonía del libro en una época en la que la gente lee más que nunca? Basta observar a los pasajeros del metro, entregados al scrolling, hipnotizados por la inmediatez de los mensajes y las notificaciones.
Hoy se lee más, sí, pero se lee en corto; de forma interesada, fragmentaria, adscrita a la propia preferencia. Y eso afecta a quienes pretenden hacer arte, porque delata un creciente desinterés por lo profundo y lo complejo. Ya nadie quiere pensar, sino distraerse y confirmar lo que ya buscaba. Por eso, para muchos, el papel resulta aburrido, exige sentarse, detenerse y prestar atención. La lectura en papel siempre ha sido, y seguirá siendo, una lectura profunda.
Es evidente que el papel agoniza, aunque no como objeto, sino como vehículo de transmisión del conocimiento. A los nativos digitales el formato electrónico les resulta natural y funcional. Dentro de unos años, el libro clásico será un objeto de coleccionista romántico, como lo fueron la pluma, la tinta o la máquina de escribir.
Los nostálgicos lo defendemos por puro romanticismo. Somos, en cierto modo, fetichistas: ese objeto activa nuestros sentidos, desde el tacto y el oído hasta ese olor inconfundible del papel viejo.
En la industria del entretenimiento, el libro en papel tiene un final diferido, porque esta sociedad nos bombardea con estímulos incesantes. La tranquilidad que exige se ha vuelto un lujo que casi nadie puede permitirse. La sociedad del espectáculo no tiene tiempo para la paciencia del papel.
Y el ebook sigue creciendo. Pesa menos y permite llevar en la nube toda la Biblioteca de Alejandría. A eso se suma el audiolibro, que supone un retorno perverso a la oralidad primigenia —como si hubiera que darle la razón a Karl Marx cuando dijo que la historia se repite dos veces, primero como tragedia y luego como comedia—.
Estos formatos nos liberan de problemas logísticos e incluso de la necesidad de mirar un punto fijo. Ahora se puede «leer» mientras limpias el váter, corres o trabajas. Aunque no lo crean, el progreso también puede consistir en ser analfabeto con auriculares.
A mí me cuesta elegir entre pantalla, audio o papel. Soy un tipo fuera de moda, y tanta libertad me dispersa la atención. En el papel se puede subrayar, volver atrás, hacer una anotación al margen.
Con el audiolibro, en cambio, basta un descuido para enterarte de que el protagonista ha muerto mientras estabas mirando la lista de compras. Y aunque en el ebook puedas ajustar el tamaño de la letra, no puedes regular el ruido de tu mente.
Por eso, paradójicamente, el formato que exige más tranquilidad será también el que menos lectores tenga.
El negocio de publicar
Aquí viene lo más crudo. Hoy, en el mundo editorial, publicar se parece demasiado a vender. Las editoriales han descubierto que el negocio ya no está en que la gente lea, sino en que los escritores sigan sacando libros.
Ahora se buscan más autores que lectores, y se explota sin piedad esa ilusión de los «15 minutos de gloria» que vendía Andy Warhol. Pero la fama no es democrática. En su intento por sobrevivir dentro de la industria del entretenimiento, las editoriales recurren cada vez más a modelos como la coedición, el patrocinio o la autopublicación disfrazada.
Publicar se ha transformado en un acto de fe, en un emprendimiento o, simplemente, en ganas de exhibirse; da igual. La calidad está de vacaciones. Si todo el mundo publica, nadie tiene tiempo para leer. El sueño del capitalismo cultural es ese: una ignorancia letrada.
La tentación de la inteligencia artificial
En medio de todo este espectáculo aparece la inteligencia artificial. Hoy casi no existe un libro que no haya sido tocado por ella: se la usa para inventar tramas, pulir el estilo o revisar borradores.
¿El resultado? Una uniformidad abrumadora, las mismas metáforas, frases calcadas, adjetivos que suenan repetidos. Muchos escritores lo niegan, pero seamos sinceros: no es lo mismo acariciar a manos peladas que con guantes de goma.
Y lo preocupante no es que las máquinas ayuden, sino que son los propios autores quienes terminan apagando su voz interior al dejar que la IA resuelva sus dilemas estéticos. El oficio de escribir no se reemplaza con tecnología, por muy avanzada que sea.
Antes, los autores publicaban un libro cada dos años; ahora cualquiera saca tres en uno, salvo excepciones como Asimov o Stephen King. ¿Arte? No. Lo que abunda es artesanía industrial. Lo que crea la IA es kitsch, porque jamás podrá imitar esa chispa de locura humana ni sus imperfecciones. La belleza no está en lo perfecto ni en lo bonito: vive en lo torcido, en lo que duele, en lo que conmueve. Eso no se automatiza.
Resumido: sentí Sant Jordi como un shopping emocional. Lo que abundaba era lo visceral, lo vendible, lo que prometía morbo o consuelo.
Lo que escaseaba era la literatura pura y dura, y esa parecía quedar reservada para María Dueñas.
La resaca del vendedor
En conclusión, aquel San Valentín catalán que celebraba la unión romántica —«una rosa para el amor, un libro para siempre»— ha olvidado que el verdadero dragón es el mercado, y que ese dragón ya se ha devorado a la dama y al caballero.
Su fuego convierte lo bello en profano, en ese amor de escaparate que se compra y se vende. Aun así, prefiero que en esta vida se regalen libros antes que celulares. Y para un escritor seguirá siendo hermosa la experiencia de estar en medio de esa fiesta, aunque no se venda nada.
Todo lo que dije quizá esté equivocado, pero lo que vi fue, para mí, cruel y romántico. Vi a muchos escritores terminar la jornada, gastar en el bar lo poco ganado y marcharse a casa cargando los libros no vendidos.
Allí entendí que vender libros se parece peligrosamente a vender empanadas, y que el dragón ya no es ese monstruo mitológico que nunca conocimos, sino una industria del entretenimiento. El santo blande un lector electrónico, mientras la princesa escucha su audiolibro en plena maratón.
Vivimos en una sociedad regida por la máxima de que el tiempo vale oro, y esa lógica nos ha robado la calma. El futuro del libro no será su desaparición, sino su digestión por el ruido. Volvamos al silencio, y que bendita sea la rosa.
Posdata
Me olvidaba: a alguno se le olvidó pagarme la empanada.



Un comentario
(Comentario sobre «Sant Jordi, reflexiones de un vendedor de empanadas con solapas»)
Gracias, Serafín, por tu relato. De corazón, porque yo también me sentí engañada por unas de esas editoriales que buscan hacer negocios con nosotros. No con nuestros libros, porque, como vos decís, no importa que sea un libro o una empanda, mientras uno pague los costos de la susodicha «co-edición». Me sentí tan usada, eso de que haya un editor que esté de tu lado y de tu libro, parece ser del siglo pasado. Estos editores lo único que quieren es un producto para vender, y no les importa nada, con tal de que vos les entregues un producto, y encima, nosotros, escritores deseosos de ser leídos, ¡les pagamos para que ellos hagan negocio con nuestro talento, sudor y lágrimas! Porque ¿qué te dan ellos a cambio? Un producto terminado que ellos pueden listar y mostrar en sus redes pero de ahí a que lo vendan, ¡vaya! Eso ya es mucho pedir. Parece que eso ya no es su trabajo, distribuir tu libro, darle publicidad… ¡al pedo! Ellos ya ganaron su dinerillo y el resto, es un extra que vendrá de tu sudor y lágrimas, otra vez, porque ¿quién va a hacer la promoción? ¡Vos! Porque ves a tu bebé desaparecido en las fauces del mercado e ignorado en el fondo de las listas de nuevos escritores que siguen saliendo como pan caliente porque el deseo de ser leído, sigue ahí y se multiplica.
En fin, Serafín, que somos dos, y yo ya ni quiero publicar después de esta horrible experiencia que contribuyó al burnout en el que me encuentro ahora. Por eso, propongo que creemos nuestra propia editorial y terminar de una vez con estos tiburones que nos acechan para robarnos nuestras perlas en las que con tanto amor trabajamos por años y años.