Desde el otro lado del mar

Por Blanca Cano González

No me había dado cuenta de que al lado de los libros empaquetados había papel enrollado. Lo descubrí en el momento en que iba a tirar el envoltorio del paquete a la basura. Era un dibujo a lápiz de mi primo Arturo dedicado a mi tía Ofelia. El dibujo venía sujetado por una tarjeta de archivo a manera de cinta para sostener el rollo.

El color amarillento de estos papeles hizo detonar la carga de la memoria. Yo había usado ese tipo de tarjetas para escribir los apuntes de mi tesis y las tenía en cajas de madera, meticulosamente ordenadas por tema. En un curso de metodología de la investigación me habían enseñado a ordenar conocimientos de esta manera y lo aprendí como una religión. No permitía tarjetas con manchas o textos tachados. Usaba el mismo color de tinta azul y a veces otros colores para resaltar conceptos. Recuerdo el olor de las tarjetas nuevas al abrir los paquetitos recién comprados. Ahora esta tarjeta enrollada color pergamino huele a polvo y su textura es débil. Se quedó además sin ser escrita.

Al observar el dibujo y su dedicatoria, recordé la risa estrepitosa de mi tía Ofelia. En el eco del salón, su risa era como los fuegos artificiales que llenan todo el espacio inesperadamente. Se reía a carcajadas, entrecerrando los ojos y sus mejillas se sacudían libremente. La veo abrazando al pequeño primo Arturo, un adulto de talla menor a la de mi tía. Veo los ojitos cerrados del primo, orgulloso por el dibujo que había hecho. Veo a mi tía con las gafas puestas analizando los detalles del trazo, las formas del perrito tan bien dibujado, los ojitos de la niña que sostiene al animalito. Oigo a la tía elogiar el dibujo y la veo guardarlo diciendo que algún día lo iba a enmarcar. Supongo que eso nunca sucedió, pues jamás vi ese dibujo en las paredes de su casa.

Pongo a reposar el dibujo bajo unos libros para que deje de ser un rollo. La tarjeta sigue curva esperando sobre la mesa a que la eche a la basura. Me pregunto qué habrá sido de todas las tarjetas que escribí algún día pensando en la seriedad de mi labor. Y me pregunto por qué creía yo que mi tarea era tan formal. Ahora que vivo una rutina de ligereza digital donde todo cambia y todo pasa, donde nada recibe el ceremonial de los coleccionistas de antaño, me pregunto por qué era yo tan severa con esos archivos.

Y así como la risa de mi tía llenó el espacio, entra la voz de mi madre en mi presente para elogiar mi trabajo de tarjetas. Le parecía maravilloso que yo estuviera escribiendo mi enciclopedia personal como monje de la Edad Media. El dibujo de la niña con el perrito y mis tarjetas fueron motivo de euforia y reconocimiento en voz muy alta. Y míralos ahí. Amarillentos y cansados del tiempo.

Ha de ser tal vez que lo importante no eran los objetos sino las voces, las miradas que nos dieron aliento para crecer y tomarnos en serio a nosotros mismos. No fue el papel, fue el gesto de reconocimiento lo que quedó en un espacio de la memoria que yo creía perdido.

Al lado del dibujo venían los libros que escribió mi madre. Trofeos de su juventud, objetos que resultaron de horas enteras de dedicación para publicar unos textos que ahora reposan sobre el dibujo esperando a que los lea. Las glorias de antaño yacen descoloridas sobre la mesa. Cuando esos libros fueron presentados a la sociedad de su tiempo yo era una niña saturada de admiración. Ahora los veo con una sonrisa dulce como quien ve el dibujo que te entrega un niño. Eran impresionantes y ahora me causan ternura.

Yo no sé si todavía hay alguien que esté leyendo lo que escribió mi madre o lo que yo escribo ahora. En todo caso la admiración que sentí de niña fue un reto, fue una razón para creer en alguien y querer superarme. Al escribir libros o tarjetas no podíamos imaginar que el destino final del texto era darle aliento a alguien. Inspirar. El archivo era yo.

Este paquete de libros que me envió mi prima Laura es una presencia que ha llenado de emociones mi mañana. Ese cuidado con el que me hizo llegar estos objetos me hace pensar que alguien, en una casa semi vacía, está buscándole destino a las pertenencias de una madre que ya no está, que se salió de la vida. Laura entristecida y sus manos ocupadas en pequeños grandes detalles. Su abuela Ofelia y mi madre fueron profesoras de primaria y nos contaban cómo se siente ver a un grupo de niños cuando aprenden a leer y escribir. Del garabato a la letra, de la ignorancia al saber. Y fueron ellas las que después de la merienda nos enseñaron a colorear, a sentarnos bien, a escuchar, a entender la existencia del aumentativo. Nos inculcaron el respeto por lo mayor y el afán de alcanzarlo. Nos enseñaron a reír fuerte y a educar. Al otro lado del mar vive una familia con la memoria iluminada por la risa.

Y aquí le escribo estas palabras con humildad y lágrimas en los ojos. Con el alma agradecida. Con el orgullo tenaz de saber que somos descendientes de mujeres estelares e incomparables.

La tarjeta allí está. Lo que lleva escrito, invisiblemente y sin tachaduras, solo yo sé leerlo.

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Un comentario

  1. Tan emocionante y con mucho cariño
    leo tus recuerdos y experiencias con las mujeres fuertas de tu familia!
    Siga escribir, por favor.
    Cordialmente, Henny van Egmond

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