Entre rezos y tiroteos

Por Maria Judith Sanabria

Estaba ella esperando el bus del colegio, en ese frío horroroso de las mañanas de un pueblo llamado Chibaná, enclavado y más que escondido en las mesetas andinas; a unos 2600 metros de altura, o sea, entre las nubes y la neblina. Sofía estaba, como de costumbre, con el uniforme del colegio: el típico saquito rojo de paño, camisa blanca y faldita a cuadros rojos y negros que le llegaba a media rodilla. El sol tibio de la mañana empezaba a calentarle lentamente las piernas, que estaban congeladas y tenían parches morados por todas partes debido a ese clima inclemente y miserable. Ella estaba, como siempre, con sus compañeritas, allí paradas en la acera del parque de abajo, tiritando por el hielo de la mañana; se reían porque estaban «carrasqueando» de frío (jerga boyacense). Les parecía muy gracioso el tacataca, tacataca que producían las quijadas al golpearse una contra la otra y, para medio calentarse, se la pasaban saltando o brincando de un lado para otro en la acera. Donde estaban ellas jugando era la segunda plaza del pueblo; le habían dado el nombre de Parque Ernesto Garcés en honor a un poeta que se había hecho famoso en esa región a principios del siglo XX.

Allí, en aquella plaza medio polvorienta, a finales de los años 60, estaban estas niñas de siete años esperando el bus verde destartalado que las llevaría al colegio, pues este quedaba a las afueras del pueblo. Sofía estaba, como para variar, perdida en sus sueños, mirando desde lejos las flores rojas de las azaleas que habían sembrado en las jardineras del parque. Cuando de repente escuchó unos ruidos como estruendos —serían como las 7:30 de la mañana—, casi al instante, unos hombres empezaron a gritar: «¡Son disparos! ¡Son disparos! ¡Los están matando!». Su corazón empezó a saltar sin control, mirando para todos lados sin saber qué hacer. Sin darse cuenta, un señor con una ruana enorme de color café, de un momento a otro, las empujó a todas hacia el interior de la tienda que estaba a sus espaldas. Las empujó tan duro que Sonia se cayó al piso; Sofía la levantó rápido y corriendo se metieron en la tienda. Ese señor desconocido les salvó la vida; ellas nunca supieron quién fue. Entre varios cerraron las dos puertas grandes de madera gruesa y vieja de la tienda y las acuñaron con dos barras de metal atravesadas; estuvieron allí encerrados un buen rato. No se sabe cuánto tiempo pasó —quizás no fue mucho—, pero parecía una eternidad. ¡Sofía y sus amiguitas seguían sin entender nada! Todos estaban en silencio, escuchando a ver qué pasaba, si había más tiros o no. En esa tienda, que estaba pintada de un amarillo ocre y café oscuro, había ancianos, papas, bultos de cebolla, jóvenes, cajas de cerveza, huevos, gallinas cacareando y café. Los adultos miraban a las niñas y se ponían el dedo en la boca en señal de silencio. ¡Nadie decía nada!; solo las miradas de angustia los unían con un lazo imperceptible. Sofía miraba la puerta con terror y con el temor enorme de que, de un momento a otro, la abrieran y las mataran allí adentro. Aunque su miedo la paralizaba, se perdió de nuevo en sus sueños cuando, por un huequito de la puerta de madera, entró un rayo del sol de la mañana que le permitió ver el vapor de la cafetera vieja… Este danzaba lentamente y se perdía en la semioscuridad de la tienda… Finalmente, después de un rato, ese señor abrió la puerta. Al salir de la tienda, desde lejos, ellas vieron los cuerpos de tres personas sangrando, tiradas en el suelo. Sofía no quería ver, solo miró de lejos, por el rabillo del ojo. «¡Los mataron, los mataron!… ¡Eran todos hombres!», gritaba la gente corriendo como loca de aquí para allá. Unos gesticulaban, otros lloraban y ella aún seguía sin entender absolutamente nada… De repente llegó el bus verde, que se encargó de sacarlas de ese casi sueño-realidad y las llevó al colegio, donde aquel día todo seguiría su curso ¡como si nada hubiese ocurrido! Sofía recordó siempre esa escena como la primera vez que entendió lo que era la violencia.

Pero ¿qué podía entender una niña de siete años sin saberlo?… ¿Quizás que esos estruendos eran sinónimo de sangre y de muerte? ¿Que una puerta cerrada significaba la salvación? Y, ¿quizás también que el silencio es una estrategia de supervivencia? En ese entonces, además de esos posibles aprendizajes forzados, ella aún no sabía que esa escena que vivió junto a sus amiguitas era el resultado de la «fiebre de la esmeralda», la peor época de violencia, que ya había empezado en esa región del país.

Chibaná contaba en la década de los años 60 del siglo XX con apenas unos 20 000 habitantes, unas seis iglesias católicas y dos plazas principales. El pueblo fue considerado después a nivel nacional por los historiadores como uno de los más religiosos y, a la vez, uno de los más violentos. Esto se debía a que la religión católica fue transmitida en esa región de generación en generación por más de cuatro siglos, al igual que en casi todo el país. En esa misma región, a su vez, la violencia aguda fue vivida por un periodo de casi medio siglo, junto a la consabida violencia histórica que ya existía desde el periodo de la conquista; ambas ya eran parte de la vida cotidiana de sus pobladores.

Pero la verdadera razón por la que Chibaná era, y aún es, tan religiosa es porque hace más de cuatro siglos, en ese mismo pueblo, ¡hubo un milagro! Así como les cuento: un milagro. A una señora llamada María Téllez, un día cualquiera, ¡se le apareció la Virgen en un cuadro! ¿Se pueden imaginar eso? ¿Un milagro en un pueblo pequeño y desconocido, metido entre los Andes de Suramérica? Por supuesto, el chisme corrió muy rápido y muy lejos, traspasando pueblos y hasta países. A partir de ese incidente, el pueblo se volvió famoso porque la gente contaba y creía fervientemente que esa Virgen hacía milagros. Desde entonces, cada año se celebran en la plaza principal las fiestas de la Virgen de Chibaná. Las fiestas siempre se festejan en diciembre y duran 11 días. Durante ese periodo, llegan cientos de forasteros o peregrinos para rezar y pedir que la Virgen les haga el milagrito; como el milagrito de que el novio se case con ellas, de que el esposo se muera pronto para poder quedarse con la herencia, de que el tío abuelo recupere la vista y así miles de cuentos más.

Sofía vivía con toda su familia en ese entonces en la casa de la abuela Carmenza; era una casa construida al estilo español. Como todas las casas de esa época, estaba hecha de bahareque, con tejas de barro y con las paredes pintadas de blanco y café. Tenía dos pisos, un balcón muy amplio, un patio interior con una fuente en la mitad y hermosas azaleas de diferentes colores que colgaban de las columnas del patio. La casa estaba ubicada en la plaza principal del pueblo, lo cual quería decir que estaba muy bien ubicada. ¡Así lo entendió la abuela Carmenza, mujer inteligente, visionaria y negociante! Sin pensarlo dos veces, decidió que para esas fiestas podía alquilar a los forasteros las habitaciones del primer piso. ¡Ese año la casa se convirtió en un desastre! Ya que entraban y salían personas de todas las edades: viejos, niños, señoras campesinas con ruanas negras, sombrero blanco y alpargatas. La mayoría de ellas cargaban a sus bebés envueltos en una tela gruesa y se la pasaban sentadas en el suelo dándoles pecho todo el día. Pero lo peor era que esa gente entraba a la casa muy tarde en la noche, ya borrachos y haciendo escándalo. La abuela se dio cuenta muy rápido de que esa gente había vuelto su hermosa casa un completo muladar. Ese año juró que nunca más la volvería a alquilar para los peregrinos: ¡prefería perder la plata a estar entre borrachos, gritos y suciedad!

Las fiestas de la Virgen empezaban como a las siete de la noche y terminaban más o menos a las dos o tres de la mañana. Cada noche pasaban carrozas enormes con diferentes motivos y luces de colores. Dándole lentamente la vuelta a la plaza, pasaban por el frente de la casa de la abuela y por las calles principales del pueblo. Incluso a don Gonzalo y doña Teresa, los padres de Sofía, les dio por hacer ese diciembre una de esas carrozas: construyeron un barco vikingo con remos y todo. A sus hermanos los disfrazaron, por supuesto, de vikingos y a ella la disfrazaron de diosa nórdica, con peluca dorada, túnica blanca y una corona de hojas luminiscentes en la cabeza. Ella tenía que estar amarrada a un poste, el cual tenía en la punta un cuervo negro hecho de madera. ¡Y todo eso de nuevo cada noche, durante cinco noches! Sofía lo único que recordaba después era estarse muriendo por el frío invernal de las noches decembrinas y maldiciendo a sus padres por ponerla allá arriba. Ella jamás entendió: ¿qué tenían que ver los vikingos con las fiestas de la Virgen?…

Años después, recordando aquellas épocas, se preguntaba: ¿qué sería lo que su padre quería mostrarle a la gente y a los curas de la iglesia con esa carroza?… ¿Les quería mostrar, acaso, que había otros dioses y otras mitologías?… Posteriormente, también se dio cuenta de que su padre era un hombre de avanzada para su época y su pueblo, pues sabía de matemáticas, de historia y de filosofía. Él ya, en ese entonces, había leído sobre los mitos indígenas de Fura y Tena, ya había asistido a conferencias acerca del budismo y había leído acerca del zoroastrismo. Un día cualquiera, recordó también una de sus charlas en las que él le hablaba sobre los mitos de Odín y la historia del árbol sagrado… ¿Quizás él ya en su juventud se había asombrado y decepcionado, al igual que Sofía, de tanta hipocresía y tanta dualidad?… ¿Sería esa la razón por la que decidió entonces buscar la verdad, no solo en el catolicismo y el cristianismo, sino en otras religiones y mitos?… ¿Buscando de esa manera tratar de entender el mundo desde el eclecticismo?… Pero por desgracia eso nunca se sabrá, pues él, como muchos otros, ahora solo se encuentra en la memoria de los que lo amaban…

Carrozas de Chibaná, años 70.  

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