Mariolein Sabarte Belacortu
6 de noviembre 1944 | 9 de octubre 2026
Por Jos den Bekker
No era de extrañar que Mariolein y yo nos hiciéramos amigos. Nos tropezábamos en esferas de nubes, por usar un giro cuasi poético. Lo que nos unía era el amor por el lenguaje en general y por el español en particular. Y también la pasión por la traducción, un oficio al que ambos habíamos llegado más o menos por casualidad. De literatura podíamos hablar sin fin, y sobre todo, claro, de la literatura latinoamericana, desde Gabriel García Márquez y Vargas Llosa hasta Julio Cortázar, y desde Jorge Luis Borges hasta Roberto Arlt con sus siete locos y César Vallejo con su amarga turbación. De todo eso charlábamos durante horas, hasta por los codos.
Mariolein fue una amiga leal y hospitalaria, de mentalidad abierta. Poco después de conocernos nos ofreció, a mi mujer y a mí, su casa de campo en Borculo, para cuando quisiéramos huir de la ciudad. Ella misma pasaba allí todos los veranos, y juntos pasábamos no pocos fines de semana, hablando y leyendo, y andando en bicicleta o a pie, por esa preciosa región de la Achterhoek. Aún saboreo las moras que cogíamos por el camino, o los rebozuelos que por la noche asábamos en mantequilla.
Todo eso ha terminado ya, para siempre, pero me doy cuenta de que me cuesta mucho tragarlo. No soy creyente, soy un ateo contumaz, así que no creo realmente que Mariolein esté ahora «en alguna parte». Sin embargo, en momentos de descuido me sorprendo preguntándome precisamente eso: ¿Dónde estará? ¿Qué piensa ahora? ¿Qué hace? Si me viene alguna imagen, no es la de Caronte llevándola al otro lado del Estigia a cambio de un óbolo, sino más bien la de un lugar adusto como el Mictlán de los aztecas, que los «hombres de paz» deben atravesar para llegar a su destino final. Y entonces me dan ganas de gritarle: ¡¿A quién voy a llamar ahora cuando acabe de leer un poema genial y chiflado de algún autor marginal?! ¡¿A quién voy a ir a ver ahora, pedaleando a toda velocidad, con un libro en español bajo el brazo que acabo de leer de un tirón?! Y cuando me toca ese estado de ánimo, sé con certeza que un día nos volveremos a ver. En Comala.

