Por Serafin Vargas Guerrero
Hojear el libro de Alejandra Szir fue como recibir una postal llena de dibujos de la nieve de Salzburgo, Mozart y sobre todo de las mujeres que habitan sus páginas hablando un idioma que no termina de ser suyo. Lola, Mirta, Pamela vienen a ser tres náufragas que se encontraron en el estante de los pocos libros en español en Salzburgo y compartieron aquella isla de palabras.
La autora no solo escribe sobre ellas, escribe con ellas y a veces desde ellas. Sus capítulos dejan ser postales y se convierten en cuadernos, donde están escritos cartas y sueños que aún no han logrado consolidarse. Quizás sea debido al ruido de la vida que se hace confusa la línea de lo importante. ¿Pesa más en la balanza el cómo se escribe cuando hay prioridades como pelar manzanas, doblar ropa, pagar facturas, criar hijos que ya no hablan tu lengua o guiar turistas por calles que no son tuyas? No pesan, terminan siendo las mismas.
El cuaderno, dice Mirta, se deja escribir, pero se deja ignorar con la misma facilidad. Esa es la verdad más dura del libro donde la escritura es una especie de mascota que se acurruca cuando quiere a tu lado, que te mira desde la mesa de la cocina, mientras tú limpias, mientras tú amas, mientras tú finges que no te importa. Pero te ignora. Ese cuaderno lo contiene todo.
Lo lúdico es la herramienta para la escritura de Alejandra, es el guiño expresado en el cotilleo de los personajes, en el juego de palabras que se siente como una sombra de trasfondo. Sombra porque lo lúdico no siempre equivale a lo alegre o infantil, es una forma de procesar la realidad, de poner en modo catarsis la herida que jamás cierra, de los desaparecidos y las que quedaron. Quizás allí está el exorcismo de Alejandra. En ese vacío que lo ha creado todo, incluso lo hermoso.
El juego purificador ocurre en el Parque de la Memoria, donde Mirta busca los nombres de sus padres biológicos. Esos padres arrebatados muy jóvenes, muy revolucionarios y que ahora se transformaron en un renglón en una lista alfabética. Jorgelina, la diva de la literatura, la que todo lo tiene, dice: «Vos y yo vemos más allá». Y es cierto. Saben que el odio es un maldito bumerán, que la violencia vuelve, que el país duele, aunque haya quedado lejos. Pero también saben que somos como la mala hierba, que volvemos, que siempre volvemos.
Aunque no todo son libros y pasado, también son mujeres y hay una escena que no se olvida. Una orgía en el dúplex de Jorgelina, en Palermo Chico, con vistas al río. Modelos, actrices, fotógrafos. Cuerpos que se tocan, que se buscan, que se alivian mutuamente. Ahí hago una mención a la literatura femenina de los años 90 donde la exploración del cuerpo, la sensualidad como herramienta de emancipación a través de la búsqueda de una voz propia. La autora parece estar más lejos, porque para ella el sexo es igual que la escritura, una forma de decir, que está presente, viva, que toca y es tocada. Ella describe el sexo no como pecado ni como espectáculo, sino como comunión. En medio del deseo hay solidaridad, gestos de ayuda, la promesa de que el placer puede ser un lenguaje que el odio no entiende.
El idioma es una referencia crucial en este libro porque se refiere a algo que no es puro. Ningún castellano es puro, advierte la novela. Y tiene razón. El español de estas mujeres es un castellano que ha migrado con acento argentino, tiene restos de alemán, tiene modismos; es una lengua hecha de añoranza, de traducción, de supervivencia. Lola, que quiso dejar de escribir, aprendió alemán desde cero. El empezar de cero, dice, es una forma de inocencia, pero la escritura no se deja. Todo lo que tiene que volver, vuelve o sea el idioma es una carga existencial.
Si la vida une a las tres, también las dispersa. Una se marcha a Buenos Aires por amor, otra a Gotemburgo por trabajo y la tercera se queda en Salzburgo, o no se queda, o es una versión de sí misma que nunca se fue de aquella ciudad imaginaria.
Y la novela termina tal como empieza, con el movimiento, con Mirta en un tren viendo nevar, recordando la primera vez que fueron a ver a Daria, la artista eslovena que baila y lee poemas. Daria recita un poema en italiano de Patrizia Filia: Con una testa vuota, così vuota, dove non ritrovi più alcuna parola. Con la cabeza vacía, tan vacía, donde no encuentras ya ninguna palabra. Esa es la condición del escritor, quizás. Vacío y plenitud. El deseo de llenar el silencio con palabras que nunca terminan de ser las exactas.
De las referencias que obtuve de Alejandra Szir, puedo decir que éste es quizá un libro confesional. Hay algo guardado en la vida o la escritura que debe salir, por eso no es aconsejable una lectura simple, si quieres disfrutarlo en su plenitud tienes que habitar esta obra, vivir en esa casa con muchas puertas, donde encontrarás un viaje en bicicleta bajo la lluvia, un mate amargo en una cocina austríaca y la certeza de que, aunque todo cambie, las palabras quedan. También queda implícita la promesa de la maleza, volver siempre, como la música de jazz, improvisando en el lago en las mañanas de agosto, escribiendo y nadando, sin saber qué es antes, si el agua o la tinta, si el cuerpo o la página.
Este libro es un testimonio de las que escriben para recordar, para resistir, porque hay algunas que decidieron no desaparecer del todo.

