El tiempo también se tuerce

Entrevista con sobre la saga Entre habanos de Juan Carlos Roque 

Por Blanca Cano González

Más que un desterrado, Juan Carlos Roque es un constructor de puentes. Su trabajo desde Ámsterdam, combina el periodismo, el documental y las herramientas digitales, rompe con la idea de que quien se va de su país pierde su voz o su derecho a hablar sobre él. Lejos de conformarse con el silencio que impone la distancia, Roque ha transformado su producción en una «patria portátil».

A través de sus proyectos transmedia, logra que la realidad de Cuba se discuta más allá de sus fronteras físicas. Su labor no es un monólogo desde el exilio, sino una conversación abierta que conecta a quienes viven en la isla con quienes están fuera. Al rescatar historias y crónicas que de otro modo se perderían en la narrativa oficial, Roque actúa como un guardián de la memoria colectiva.

Para él, ser cubano no depende de un territorio, sino de cómo se vive y se cuenta la identidad ya que la soberanía de una cultura se defiende con libertad de expresión y tecnología, convirtiendo al emigrado en un protagonista activo que, lejos de estar lejos, mantiene a su país en el centro de todas las conversaciones.
Existe en definitiva una gran diferencia entre “traducir” (pasar una idea de un idioma a otro) y “tradecir” un neologismo para indicar que decimos algo desde una perspectiva cultural propia de modo que alguien desde otra cultura lo pueda entender bien.

Ofrecemos aquí diez preguntas al escritor cubano Juan Carlos Roque.

Muchos autores se obsesionan con retratar a Cuba políticamente. En tu caso, ¿por qué decidiste poner la lupa en el desgaste de la gente y no solo en el del país?

Cuando comencé a escribir Entre habanos, no pensé únicamente en contar lo que ocurría dentro de una tabaquería de Güira de Melena. Quise saber qué sería de aquel grupo de hombres y mujeres con el paso de los años. Quise acompañarlos más allá del momento inicial de sus vidas, verlos cambiar, equivocarse, amar, emigrar, perder, resistir y envejecer. La pregunta que terminó sosteniendo toda la saga no fue cómo cambiaría Cuba, sino qué ocurriría con ellos dentro de una Cuba que también iría transformándose.

Tu saga tiene lugar en una tabaquería donde parece que se ha detenido el tiempo. ¿Cómo se logra que un espacio tan cerrado y rutinario sea, al mismo tiempo, el escenario donde tus personajes se transforman por completo?

Desde la primera temporada sitúo al lector en la galera de una fábrica de tabacos de Güira de Melena. Allí conviven los torcedores, las despalilladoras, el lector de tabaquería y un grupo de personajes cuyas vidas parecen avanzar al ritmo de la rutina diaria. Sin embargo, esa rutina es solo la superficie. Mientras unas manos cortan, estiran y tuercen las hojas de tabaco, el tiempo va moldeando también las vidas, los sentimientos y las decisiones de quienes comparten ese espacio.

En tu novela, la fábrica de tabaco no es solo el fondo donde ocurren las cosas. Si tuvieras que definirla, ¿qué rol juega realmente este espacio en la psicología de tus personajes?

Nunca concebí la tabaquería como un simple decorado costumbrista. Para mí es un organismo vivo. Allí se trabaja, se ama, se discute, se conspira, se ríe, se sufre y se envejece. Es el lugar donde lo personal y lo colectivo se mezclan, donde una noticia puede alterar una jornada y una lectura puede despertar recuerdos, preguntas o deseos que permanecían ocultos.

¿Cómo le das seguimiento a tus personajes? ¿Por qué no cerraste la historia después de los años ochenta?

La primera temporada transcurre entre 1979 y 1985. Después quise reencontrarme con los mismos personajes treinta años más tarde, entre 2015 y 2021. Podía haber terminado allí. Sin embargo, sentí que todavía no había concluido mi relación con ellos. Quería saber qué sería de Paca, Dani, Sarita, Camilo, Abilio, Jonathan, César y los demás. No quería abandonarlos cuando ya habían dejado de ser simples personajes para convertirse, también para mí, en personas con una historia propia. Por eso decidí atravesar el tiempo.
La tercera temporada se instala entre 2036 y 2042, quince años después del período anterior, y la cuarta avanza todavía más, hasta los años comprendidos entre 2047 y 2053. No lo hice como un recurso espectacular ni para convertir la saga en una obra de ciencia ficción. Lo hice porque necesitaba imaginar la vida futura de aquellos hombres y mujeres y acompañarlos hasta el ocaso.

¿Es posible imaginar el futuro de Cuba a través de la literatura sin caer en la utopía o en el desencanto absoluto?

No pretendí adivinar cómo será Cuba. Nadie puede saberlo. Imaginé una Cuba posible porque necesitaba ofrecerles a mis personajes un país donde continuar sus vidas. Las dos últimas temporadas no intentan predecir el destino de la nación, sino explorar el destino de unos cubanos que se convierten, al mismo tiempo, en símbolos de la Cuba que fue, de la que es y de la que algún día pudiera ser.

Ese tránsito temporal es una de las decisiones esenciales de la saga. No quise sustituir a unos protagonistas por otros ni construir una sucesión de generaciones en la que los hijos desplazaran a los padres. Preferí conservar al mismo núcleo humano durante más de setenta años. Quise que el lector los conociera jóvenes, los reencontrara adultos y permaneciera junto a ellos hasta la vejez.

Al mirar en perspectiva toda la saga, ¿querías mostrar cómo el tiempo nos pasa factura o cómo las decisiones que tomamos en la juventud terminan por definir quiénes somos al final del camino?

Para mí, ese recorrido es uno de los sentidos fundamentales de Entre habanos. Al cerrar el cuarto tomo, el lector no recuerda únicamente acontecimientos. Recuerda personas. Ha compartido sus alegrías, sus miedos, sus culpas, sus amores, sus pérdidas y sus contradicciones. Ha visto cómo las decisiones tomadas en la juventud dejan huellas durante toda una vida.

No existe en la saga un héroe absoluto. Cada personaje carga su propia cruz y, en ocasiones, ayuda a sostener la ajena. La protagonista verdadera es la comunidad. Son las vidas que se cruzan, se separan y vuelven a reunirse alrededor de un oficio común, una memoria compartida y un lugar al que, de una manera u otra, siempre terminan regresando.

Me llama la atención un personaje: el lector, que tiene la tarea de leer en voz alta en la tabaquería. ¿Cómo lo ves, como un acompañamiento o es una especie de puente?


Mientras los torcedores escuchan, comentan en voz baja y continúan trabajando, conviven tres tiempos: el de sus vidas íntimas, el de la historia de Cuba y el de las historias que les llegan desde los periódicos y los libros. La palabra leída no acompaña simplemente el trabajo; interviene en las conversaciones, despierta conflictos, crea afinidades y ayuda a formar la conciencia colectiva de la tabaquería.
La figura del lector ocupa un lugar central en ese universo. No está allí como una nota pintoresca de la tradición cubana. Es uno de los motores de la trama y del pensamiento de los personajes. Mediante la lectura en voz alta llegan a la galera las noticias del país y del mundo, pero también la literatura, que ofrece otra manera de comprender la realidad y, a veces, de escapar de ella.

Güira de Melena es un escenario muy específico de la geografía cubana. ¿Cómo se consigue que los dolores, amores y miedos de una pequeña tabaquería terminen resonando y conmoviendo en cualquier rincón del mundo?

Siempre quise escribir sobre personas comunes. Personas reconocibles, con virtudes y defectos, capaces de equivocarse y también de ayudar a los demás. Su convivencia, sostenida durante décadas, termina adquiriendo una dimensión que trasciende el ámbito de la tabaquería. Güira de Melena es el punto de partida, pero las emociones y los conflictos que allí se viven pueden pertenecer a cualquier comunidad humana.
La emigración, la culpa, el amor, el sexo, la homosexualidad, la amistad, la enfermedad, la muerte, la alegría y los miedos circulan por la galera como el humo denso y azul de un habano. No son temas colocados desde afuera, sino asuntos que nacen de la vida diaria y alcanzan a todos, sin distinguir demasiado entre protagonistas y personajes secundarios.

Hay además una metáfora que atraviesa toda la saga. Así como las hojas de tabaco son cortadas, estiradas y torcidas pacientemente hasta convertirse en un habano, el tiempo va torciendo también la vida de los personajes. No siempre mediante grandes acontecimientos, sino por la acumulación de pequeñas decisiones, encuentros, silencios, renuncias y pérdidas.

Por eso el título no alude solamente al oficio. También habla del modo en que la vida va dándonos forma.

Mirando en perspectiva este viaje, ¿qué lugar te gustaría que ocupe Entre habanos en la tradición de la novela cubana y cuál consideras que fue el mayor riesgo que asumiste al escribirla?

No me corresponde decidir el lugar que Entre habanos pueda ocupar dentro de la narrativa cubana. Eso dependerá del tiempo, de los lectores y de la circulación que alcance la obra. Pero sí puedo decir que asumí conscientemente el riesgo de construir una novela coral en cuatro temporadas, asentada en un mismo espacio simbólico, protagonizada por un mismo grupo humano y extendida desde un pasado reconocible hasta un futuro todavía inexistente.

Atravesé el tiempo porque no quise despedirme demasiado pronto de mis personajes.

Quise saber cómo serían treinta años después, cómo enfrentarían una Cuba futura y cómo llegarían al ocaso de sus vidas. Al imaginar ese recorrido, ellos dejaron de representar únicamente a los torcedores de una fábrica de mi pueblo. Se convirtieron en símbolos de varias generaciones de cubanos y de una nación que ha vivido entre la memoria, la incertidumbre y la esperanza.

¿Qué queda de ti en esa galera de Güira de Melena ahora que has terminado de escribir la última palabra de la saga?

Cuando cierro el cuarto volumen, tampoco yo siento que haya terminado simplemente una novela. Siento que me despido de personas con las que conviví durante años, a las que vi crecer y envejecer, y cuyas vidas fui cortando y torciendo, también a mano, letra a letra.

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