El fantasma de la inteligencia artificial.
Por Amira Armenta
El otro día, visitando una de esas redes sociales en las que perdemos tanto tiempo viendo cosas que no nos interesan, me tropecé con una entrada que me llamó la atención. La autora de la entrada es una mujer que se define como ghost writer, escritora fantasma, gente cuyo modo de ganarse la vida es escribiendo de manera anónima para otros. Su nombre nunca aparece en el libro o en el artículo que haya escrito. El nombre que aparece es el de la persona que le ha pagado por el trabajo. Lo utilizan mucho los políticos para ‘escribir’ sus biografías, o gente con plata que quiere ver su nombre plasmado en la portada de un libro.
El asunto es que esta señora, que también es una especie de influencer, dice en su entrada que, aunque le da miedo admitirlo, confiesa que para la escritura de sus textos utiliza la Inteligencia Artificial. ¿Por qué no iba a hacerlo? Se pregunta. Y lo justifica argumentando que no por el hecho de tener pies y poder caminar, la gente deja de usar el carro. Cualquiera puede lavar la ropa a mano, pero si tiene una máquina lavadora la usa. Del mismo modo, puedes escribir tú misma un artículo o una novela porque tienes cerebro para pensarlo, pero si puedes echar mano de la IA para que lo haga por ti, ¿para qué invertir tanto tiempo en ese trabajo?
Dice que le da miedo admitirlo. Claro. Porque a la persona que le está pagando por su trabajo no le va a hacer ninguna gracia enterarse de que el escrito fue generado por un robot. La próxima vez ese cliente le va a encargar directamente a la IA que le haga el artículo, y ella va a perder el trabajo. De hecho, la IA generativa es un ghost writer. De modo que nuestra escritora fantasma se sirve de otro escritor fantasma para producir un material que luego entrega a su cliente como el resultado de su esfuerzo. Previamente la misma IA fantasmal se habrá servido de lo escrito por otros autores, y se limitará a copiar y ordenar ese contenido.
Pero, ¿es comparable el uso de la lavadora de ropa con el uso de la IA para obtener un resultado creativo? Estas dos cosas tienen algo en común, y es que nos ahorran un montón de tiempo. Y ahí acaba toda comparación. No se necesita ser muy creativo para lavar la ropa a mano, ni para ir andando al supermercado. Las máquinas correspondientes, sin necesidad de aplicar ninguna forma de imaginación, te ahorran tiempo. En cambio, sí se necesita de esa aptitud del cerebro que llamamos creatividad para componer un artículo, un ensayo, una novela, por simples que sean. La diferencia está pues en primera instancia en la creatividad.
Pero hay otra igual de importante: el placer, la satisfacción del trabajo realizado usando tu propio cerebrito orgánico. Ese que has ido alimentando a lo largo de tu vida para que sea capaz de producir cosas interesantes. Qué gusto da ver, después de horas, días, meses, años de trabajo, la obra acabada.
Volviendo a la ventaja del tiempo ganado: ¿qué tan comparable es el placer de ver la ropa lavada colgando en el tendedero, cuando ha sido el resultado de tu trabajo de lavado a mano en el que has invertido varias horas de tu día, con el placer de ver finalizado tu artículo sobre la obra de Virginia Woolf en el que has invertido toda la semana, colgado en una página de Internet?
En la lógica de nuestra influencer estos dos placeres serían comparables. Para ella, solo ha contado el tiempo y el esfuerzo invertido en lograr esas dos tareas que bien han podido ser reemplazadas por una máquina. En vez de lavar la ropa a mano y de escribir el artículo que le encargaron, ahora tiene varias horas libres para hacer lo que le dé la gana, quedar con alguien en un bar, o para ver esa película en Netflix, o para no hacer nada. Para el ocio. Lo que revela que esta persona, antes que escritora fantasma o cualquier otra cosa, es una holgazana. Su objetivo en la vida es no tener que trabajar.
Es en esto que radica una de las grandes amenazas que nos presenta la IA. Que nosotros, los seres humanos, a lo que, abierta o veladamente, siempre hemos aspirado en la vida es a no trabajar. “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”, condenó Dios a los hombres cuando los arrojó del paraíso. El trabajo es una maldición bíblica, por eso siempre ha sido percibido como un castigo.
Podríamos entender el desarrollo de la historia de la humanidad como un proceso para ir superando ese castigo, para ir reduciendo la carga de trabajo, hasta que ya no necesitemos trabajar más y podamos dedicarnos al ocio completo. Los instrumentos y máquinas que hemos creado, desde las primeras piedras talladas en el paleolítico para cortar mejor la carne, hasta una súper computadora de hoy, han sido pensados para hacernos la vida más fácil. Para cansarnos lo menos posible. Eso hemos creído. Creemos que la vida es más feliz si no hay que lavar platos, ni ropa, ni hay que cocinar porque puedes pedir la comida de esta noche en el delivery más cercano. Olvidándonos del placer de preparar un buen guiso aunque nos tome una hora de elaboración.
Hasta hace algunos años, uno se podía decir que lo bueno de la introducción de los electrodomésticos en la casa era que te dejaban tiempo (especialmente a las mujeres) para hacer cosas creativas, como leer una buena novela, escribir un poema, pintar un cuadro, componer una pieza musical. Pero cuando tu computador hace esto por ti, entonces ¿para qué necesitas el tiempo libre?
Este es el verdadero peligro de la utilización cada vez más frecuente de la IA, que está sacando de nosotros uno de nuestros peores atributos: la inclinación a la pereza. Y lo más grave es que esto no solo se da en el dominio de los trabajos más básicos, como escribir cartas comerciales, sino también en el dominio de la creación artística y otras actividades elevadas, como las relacionadas con las ciencias. Cada vez salen más a la luz casos de fraude, escándalos de científicos que le han dejado a la IA la tarea de pensar y escribir sus maravillosos papers. Después los publican bajo su firma. Unas veces los descubren, otras veces no. Estos respetables científicos deben estar aplicando la lógica de nuestra influencer. Si la IA me puede generar el paper, ¿para qué lo voy a hacer yo?
La inteligencia ordinaria u orgánica que traemos desde el comienzo de los tiempos es de poca ayuda cuando se trata de competir con la IA. No porque la IA, aunque sea más rápida, sea mejor, sino porque es mucho más eficiente cuando se trata de ahorrarnos tiempo. Y parece que los humanos, a lo que más aspiramos es a regresar al paraíso bíblico, a ese tiempo en el que teníamos todo el tiempo, cuando no hacíamos más que disfrutar del ocio.
Pero hay que tener cuidado con lo que uno desea, el paraíso puede resultar ser un lugar muy aburrido.

Foto de Akash Pushpad, en Unsplash.com

