Por Mercedes Menéndez Fernández
Menorca se asoma por detrás de sus pestañas verdes,
entorna los ojos al sol del mediodía
para no deslumbrarse,
para mirar sin dejarse ver.
Posa sus ojos azules en el cielo azul,
sus ojos verde árido en los arbustos,
su mirada trasparente en el mar.
Pero no sabe donde posar sus ojos negros.
Y se queda mirando lo que pasa
sin alterar un rasgo de la cara,
sin un pliegue ni un gesto,
sin fruncirle el ceño al sol,
sin desafíos.
Se queda mirando la tarde como si la viera por primera vez,
con la misma emoción,
como si la viera por última vez,
con esa tristeza.
Desbordada de nostalgia
abre los ojos a la luz de la noche.
Con mirada clara y oscura
sigue recorriendo el mundo sin dejarse ver,
fijándose de vez en cuando en una concha.
Entonces esboza una sonrisa de luna llena,
como si una concha bastara
para consolarla del azote
del sol, del viento y de los hombres.
Marzo 2000

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